“El Lucas Mallada recibe un premio por la integración de su alumnado”.

Diario del Altoaragón, jueves 23 de junio de 2005. Sociedad. pg. 32

    Dos días en Madrid, y casi llega uno a desconectar de la rutina cotidiana. Han sido dos días en los que 9 alumnos, la mediadora gitana del centro -una madre y una compañera más-, y 5 profesores -Ana, Pilar, Asun, Isabel y Guillermo-, hemos disfrutado.

    Hemos disfrutado porque siempre gusta que se reconozca la labor y el esfuerzo diario. Porque un premio nacional no llega todos los días a un centro y, sobre todo, porque esos 9 alumnos han sido un encanto. Tal vez en ello hemos visto el mejor reconocimiento a nuestra labor.

    A veces se vierten opiniones demasiado ligeras y tópicas. “Emigrantes, gitanos... ya se sabe”. Pues no. No es verdad que se sepa.

    Vamos a contaros algunas historias de estos alumnos que nos han acompañado a Madrid y que son muy parecidas a otras muchas que llenan nuestras aulas a diario.

    Polina, búlgara, vino hace 2 años y medio, empezado el curso. Ese año no había apoyos para enseñarles español y varios profesores del centro decidimos llevarlo adelante fuera de nuestro horario. Luego, la Administración fue viendo esta necesidad y dotándola. A veces se oyen comentarios despectivos sobre los profesores, pero os aseguramos que en esta profesión hay mucha gente comprometida, mucho más de lo que la gente se imagina.

    Y Polina se incorporó a su curso y pasó con normalidad, con esfuerzo de su parte, evidentemente. Y en 2º, con el apoyo de Comunidades de Aprendizaje, con refuerzos por la tarde para hacer los deberes (que aquí se ofrecen a todos los alumnos aunque algunos, de aquí y de allá, no vienen porque no quieren), pasó de curso y ahora está en 3º sin problemas. Bueno, con los mismos que cualquier otro joven estudiante de familia española normal.

    Pensemos. Cuando Polina llegó, escribía en cirílico y hablaba una lengua eslava. ¿Se atreve vd. a asegurar que en menos de 3 años es capaz de estar al nivel de un búlgaro, hablar y entender perfectamente su lengua y escribir en ruso, para entendernos?. Nosotros, sinceramente, no.

    Ana Mari es rumana, alumna de 1º de Bachillerato Internacional. Ya, las rumanas se adaptan bien. Si, pero esta chica, al año de llegar, aceptó el reto de cursar un bachillerato de más nivel. Porque en el Lucas entendemos que ambos proyectos se complementan. Luchamos por atender mejor a los más necesitados, pero también luchamos para que aquellos que quieren y pueden, hagan un bachillerato más exigente que les prepare mejor para la Universidad. A cambio de un mayor esfuerzo, una formación de nivel homologada internacionalmente. Alumnos de la primera promoción, ya en la Universidad, vienen ahora a darnos las gracias.

Y mientras muchos compañeros nacionales opinan que para qué esforzarse más,  Ana Mari acepta el reto, y le va bien. ¿Igual es que Ana Mari es un caso especial?. Pues tampoco es un caso único. Otra rumana ya ha terminado y una ecuatoriana es compañera suya.

Decía Eva Almunia en la presentación del Internacional que el gran reto era conseguir que los alumnos menos favorecidos, que atendemos dentro del Proyecto de Comunidades, llegasen a cursar el Internacional. Vale, aceptado el reto sra Consejera.

Los hermanos Giménez. Gitanos. Ya se sabe... Pues no señor, se equivoca vd. de nuevo. Atentos, educados, trabajadores, en absoluto absentistas, promocionando curso a curso. ¿Un caso raro?. Lamentablemente no es un caso general, pero estos chicos tienen claro que se puede ser gitano y culto. Es perfectamente compatible. Por supuesto, detrás hay una familia que apoya el proceso. ¿Los únicos?. No. Otras dos son ya universitarias y hay varias tituladas en ESO. Hemos de reconocer que con los chicos aún no hemos podido, pero tal vez esta vez lo consigamos. En ello estamos.

Ibrahim, de Gambia, llegado este año al centro, Teodoro Abderraman  (Abdú, o Tierno para los amigos), de Guinea. Ya hablan castellano. Ya entienden, a veces, hasta la segunda intención. ¡Qué ganas de aprender!. Tierno dice que quiere llegar a ser Presidente de su país y arreglar lo que se hace mal ahora. Ardua tarea. Dicen que la inocencia es atrevida, pero también que si no hay ideales, que si nos contentamos con seguir la marea de la cotidianeidad, el hastío está servido. Ibraim y Abdú quieren luchar por un mundo mejor, como tantos y tantos otros. Bienvenidos al club. Ganas no les faltan -y a nosotros tampoco- para que salgan adelante.

La niña Keltum, que dice su tutora, es saharahui. Un encanto, desparpajo a raudales, ganas de trabajar como pocos nacionales. Y siempre con la sonrisa puesta, aunque a la hora de defender sus opiniones es recalcitrante.  Ahora está por fin con su familia. Con ésta no se ha necesitado empezar el trabajo. Hace algún tiempo que vino a España. Nuestras más sinceras gracias al maestro que la adoptó en las tierras gallegas. Quiere ser periodista o historiadora. Si somos capaces de que sigas así, serás todo lo que quieras ser.

Y María José y Noelia, que pasan curso a curso y que viven la vida del instituto con ilusión y ganas de mejorar día a día... y tantos y tantas otras alumnas y alumnos que no hemos podido llevar a Madrid, porque había un límite, pero que igualmente se lo hubieran merecido. Todos ellos son nuestro objetivo. A todos ellos, nacionales y extranjeros, blancos y negros, gitanos y payos... dedicamos nuestro esfuerzo para conseguir que haya una igualdad de educación. Porque todos ellos tienen el mismo derecho a una vida digna y a disponer de las mismas oportunidades.

Que duda cabe que para que se consiga, además de nuestro trabajo, hacen falta más cosas. Una familia estable, ciertas capacidades y sobre todo, ganas de trabajar por parte de los alumnos. Pero a veces se consigue. Y queremos creer que nuestro trabajo tiene algo que ver en ello. Así, al menos, parece que ha sido apreciado por la comisión que nos ha concedido este premio nacional.

Un esfuerzo colectivo, de profesores comprometidos, de una APA que opina, trabaja y colabora en plano de igualdad. Muchas veces nos ha asombrado este esfuerzo, porque para nosotros, este es nuestro trabajo, pero esos padres y madres que acuden como voluntarios a apoyar el trabajo de aula, a dar cursos para padres y alumnos por la tarde, que pertenecen a la Junta Gestora de Comunidades, o que participan en la APA acudiendo a reuniones a horas intempestivas y luchando por una mejora del centro, todos esos padres y madres se merecen todo nuestro reconocimiento. Ellos, por supuesto, también han ganado este premio.

 No son pues los 15.000 €, que bienvenidos sean.  No es ni siquiera el reconocimiento a nuestro trabajo. Es, sobre todo, la felicidad y la satisfacción que produce ver a nuestros críos felices y verlos que progresan y que se hacen personas. Esa es nuestra mejor recompensa. No hay dinero que pague cuando un día sales por ahí y aquel alumno/a, cuya cara casi se te ha desdibujado y cuyo nombre no siempre recuerdas, se te acerca y te saluda con cariño. Esa es nuestra mayor recompensa.

De verdad, la educación de los jóvenes es uno de los oficios más gratificantes.

Aunque claro, hay que creer en ello.